
Las últimas medidas en política macroeconómica respiran aires nacionalistas.
La Organización Mundial del Comercio presentó el pasado mes de julio en Ginebra un estudio sobre los planes anticrisis gubernamentales. El informe destaca la ampliación de medidas hacia el llamado “proteccionismo de baja intensidad” que los países ricos están aplicando actualmente en busca de la ansiada recuperación económica.
Hemos pasado de la globalización del comercio al blindaje de fronteras. Las administraciones americanas incentivan el “buy american”, y los chinos, por primera vez, se acuerdan de sus campesinos para incentivar el consumo interno.
Este revival financiero no solo debilita el comercio internacional, sino que retrae las economías de los países en desarrollo. Los brotes verdes del comercio justo y el hipotético crecimiento sostenible de los países pobres se desvanecen. Ahora nos preguntamos ¿de qué sirven cumbres como la de Río, si después cada uno hace la guerra por su cuenta?
La sensación es que con la globalización nos hemos equivocado, y mucho. Los únicos beneficiados han sido “los elegidos y protegidos”, que no les importó en su momento destruir empleo local, pues lo global no exigía sede en territorio nacional. Tras el rescate del Tío Sam de turno se ha propiciado el regreso del hijo pródigo, y los políticos ya no quieren más sustos, buscan el nacionalismo económico.
Pero la gran duda es cómo reaccionará el consumidor final al mandamiento de la clase política. Un perfil de consumidor que instrumenta adecuadamente las herramientas de la era digital para desarrollar compras inteligentes y que seguro no renunciará a los productos más competitivos, a las marcas con un valor, y de fácil comunicación.























