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La carnal felicidad

  • Posted on febrero 13, 2011 at 8:58

carnal_felicidadOfelia me encanta. Se le hacen esos hoyuelos en las mejillas cuando se ríe de mis ocurrencias. Sus manos mullidas envuelven las mías cuando le cuento alguna de mis decepciones y despropósitos, dos variantes de la desgracia común muy frecuentes en mi vida, y me siento protegido. Nadie diría que tiene sólo 25 años, porque parece algo mayor, será por su carnalidad explosiva, que llama la atención de quienes la conocen, sobre todo a partir de que uno tiene la ocasión de contemplar con algo más de detenimiento su movimiento armonioso y tranquilizador. Ella misma dice que los gorditos son invisibles para la mayoría, que no tienen nada que hacer en el impacto del primer encuentro, aunque de eso se quejan también las mujeres maduras, de que no se las ve. Vamos, que de esas caras que ponen algunos hombres cuando ven a una joven rectilínea, nada de nada. No lo entiendo, porque yo me quedé boquiabierto con Ofelia.

La conocí en una clase de Body Power, nombre que da un poco de glamour a lo que se entiende por una clase de gimnasia. Me coloqué detrás de ella sin intención, porque para mí era una de las veinte espaldas que me separaban de una monitora sobreexcitada que daba órdenes inaudibles. Así que mi primera reacción fue tomar el cuerpo orondo de Ofelia como guía, pues parecía seguir con disciplina los movimientos del grupo. Tuve así tiempo de repasar sus curvas móviles, su asombrosa flexibilidad dentro de un chándal rosa pálido. Era como una preciosa nube con los brazos agitándose en el aire al son de aquella música infernal que te enciende la ira suficiente para no perder el resuello hasta el final de la tabla de gimnasia. Lo peor llegó con la orden de abrirse de piernas y llevar la barbilla hasta el suelo. La mayoría de los asistentes eran féminas con una flexibilidad en todos los casos superior a la mía, incluida Ofelia, que ya rozaba su ombligo con el suelo cuando yo me esforzaba por doblar la cerviz unos milímetros. Mi asombro superó mi dolor en la entrepierna. Cuando llegaron las flexiones de brazos, me apresuré al sentir compasión, pues mi compañera con curvas doblaba mis fuerzas y resistencia.

Sólo cruzamos unas miradas cuando me marchaba, pasándome la toalla por la frente para secar mi humillación. Después de dos horas de cara a su espalda, vi por primera vez sus grandes ojos grises de enorme gata. Así acudí con placer al resto de las clases dos veces por semana hasta que, un día, vi a Ofelia a lo lejos en un pasillo de mi empresa. Avanzaba con gracia de gacela corpulenta por el parqué con folios en la mano, una pinta inequívoca de laboriosa empleada de la casa. El destino la llevaba a mi lado, con toda su robustez.
Con la familiaridad adquirida entre los sudores del gimnasio, fue fácil entablar charla con aquella mujer que me había dejado fascinado desde los primeros abdominales. De cerca, olía a frambuesa. Cuando desplegaba sus poderes de charlatana, se le asomaba esa chispa infantil que erotizaba aún más un insondable escote por el que, no tardé en darme cuenta, no pocos de los buitres que moran en la oficina pretendían colarse. Conectamos desde el primer momento. Ella confesó al poco que quería conocerme desde los encuentros en el gimnasio. Por eso fue tan cálido lo nuestro. Por eso me pudo la ira cuando la vi bailar con un pelele de la empresa después de una cena de trabajo. Aquel rastrero me dejó fuera de juego haciéndome creer que mi Ofelia se lo montaba con él a mis espaldas. Roído por la carcoma de los celos, les di de lado. Me fui distanciando y encerrándome en mi rancia soledad. Era casi un huraño, mudo y esquivo con el mundo exterior, cuando llegué a casa una noche y me encontré con la visión más deslumbrante de mi vida. Allí estaba Ofelia, que conservaba la llave de mi apartamento, esperándome con un camisón negro ciñendo su contorno bajo una bata de gasa rosa transparente. Tendida de lado sobre mi cama, excesiva y prodigiosa. Abrí los brazos para abarcar su cuerpo enfundado en seda resbalosa y aspiré su aroma de frambuesa. Mi cuerpo creció, no sé cómo, pero se infló de felicidad y, sentí por primera vez la certeza de querer vivir para siempre en aquella nube.